Llegué a París el martes 6 de octubre, dejé mis cosas y fui a la Université Paris-Est-Créteil (UPEC) para terminar mi inscripción en la maestría. No había autos en el estacionamiento y apenas se veía un puñado de estudiantes. Había muy poco movimiento para ser un día de semana, pensé. Se respiraba un aire de domingo, sin el rumor de las conversaciones ni el sonido de las puertas que se abren y se cierran. Cuando llegué a la entrada del campus, me encontré con mesas, sillas, palés de madera y vallas metálicas que obstruían el paso. Detrás de la barricada, tres estudiantes hacían guardia.
Me acerqué y pregunté qué estaba pasando. Desde las seis de la mañana estaban organizados en distintos grupos para bloquear todas las entradas de los campus de la universidad. El motivo: reclamar mejoras en las condiciones materiales y la calidad de la enseñanza así como mostrar solidaridad con los estudiantes de secundaria heridos por la policía. Después de escucharlos, pregunté si podía ayudar de alguna forma. Corrieron una de las vallas metálicas y me invitaron a pasar.
Nos presentamos brevemente. León tenía 18 años y había empezado hacía unas semanas la licenciatura en Geografía. Vivía a unos treinta minutos al sur de la universidad. Emma era moldava, pero vivía en Francia desde niña. Todavía estaba en el liceo y quería estudiar español cuando terminara. Lucy era la mayor de los tres: tenía 21 años, estudiaba Ciencias Mecánicas y era de Normandía, una región al noroeste de Francia, a unas dos horas de París. Vivía a veinte minutos de la universidad, en un apartamento con su hermana menor.
Aproveché esa tarde para recorrer la universidad vacía. Lucy se ofreció a hacerme un tour. Me mostró el anfiteatro donde al día siguiente se celebraría la asamblea general para organizar los bloqueos y las manifestaciones. Cuando le pregunté por las posibilidades laborales en la ciudad, me contó que trabajaba mientras estudiaba y me confesó que estaba endeudada con un banco por un préstamo que había pedido para pagarse los estudios y la vida en París.
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La ciudad de Créteil se encuentra al sureste de París, en los suburbios. Allí están la UPEC y el liceo Antoine de Saint-Exupéry, nombrado en homenaje al autor de El principito y epicentro del conflicto. El 17 de septiembre tuvo lugar allí la primera manifestación estudiantil de secundaria. Los reclamos, centrados en la falta de recursos, las condiciones materiales de los centros educativos, la escasez de docentes y las desigualdades escolares, adquirieron otra dimensión después de la represión policial. Los principitos fueron los encargados de encender la llama.
A lo largo de los días siguientes, varios institutos de secundaria, primero de los suburbios parisinos y luego de toda Francia, se sumaron a las manifestaciones. La respuesta policial fue cada vez más violenta. Además de los cientos de heridos por los gases lacrimógenos y los golpes, dos estudiantes perdieron la vista, a uno tuvieron que amputarle un brazo y otro sufrió una fractura de mandíbula y la pérdida de varios dientes.
Las imágenes de la violencia se difundieron rápidamente por las redes sociales. En respuesta, los sindicatos estudiantiles y de trabajadores se sumaron a las manifestaciones. Los universitarios comenzaron a bloquear sus instituciones y se organizaron marchas interinstitucionales en toda Francia. La primera en París tuvo lugar el 6 de octubre, en la plaza de la República. Según datos de las propias organizaciones se estima que ese día se movilizaron cerca de 450 mil personas en todo el país. Desde el gobierno, sin embargo, se dijo que fueron 160 mil.
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El jueves siguiente a mi llegada a París fui a la asamblea general de los estudiantes de la UPEC, celebrada en la propia entrada del Campus Centre. Aprovechando la elevación de los escalones, y sin leer discursos ni proclamas, distintos estudiantes se fueron pasando el megáfono durante unos veinte minutos para explicar el plan del día: primero se dirigirían a la prefectura de Val-de-Marne, el departamento al que pertenece Créteil, y luego a la manifestación general en la Bastilla. Rápidamente, el centenar de personas que nos amontonábamos en la entrada se dividió entre quienes iríamos a la prefectura y quienes se quedarían sosteniendo el bloqueo.
En el camino conocí a Elisa, una estudiante de Física que repartía tapabocas y suero entre los manifestantes. “El tapabocas es para no respirar el gas lacrimógeno y el suero es para los ojos”, me explicó. Un poco asustado, le pregunté si habría enfrentamientos con la policía. Me dijo que no lo sabía, pero que, a juzgar por los antecedentes, no podía descartarlos.
“No elegiste el mejor momento para llegar”, dijo después, entre risas. Le respondí que desde Uruguay miramos con admiración y, quizá, un poco de envidia la efusividad de las protestas francesas. Después me contó que la incidencia estudiantil en la UPEC era escasa. Aunque participaban en asambleas con docentes y directivos, su influencia era mínima. Cuando le hablé del cogobierno en las universidades públicas uruguayas, sus ojos brillaron.
Cuando llegamos a la prefectura, había representantes de sindicatos de trabajadores y profesores, así como de partidos políticos como el Partido Comunista y La Francia Insumisa. Allí desplegamos banderas, mostramos carteles y cantamos canciones de protesta. “Estamos acá / estamos acá / incluso si Macron no lo quiere / estamos acá / por el honor de los trabajadores / y por un mundo mejor / Estamos acá”.
Algunas decenas de minutos después de la llegada del primer grupo de la UPEC a la prefectura, vimos acercarse una segunda ola de jóvenes: eran quienes se habían quedado sosteniendo el bloqueo. Con un gran parlante, transformaron la protesta en una fiesta. Después de unos cuarenta minutos frente a la prefectura, sosteniendo junto a otros diez estudiantes una bandera que decía “La UPEC está enojada, no nos vamos a quedar de brazos cruzados”, nos dirigimos a la estación de metro para ir a la manifestación en la plaza de la Bastilla.
Al subir las escaleras de la salida del metro, nos encontramos con una multitud de jóvenes que avanzaba por el boulevard Beaumarchais. Era la primera vez que pisaba el centro de París. Las referencias históricas se hicieron inevitables cuando vi en manos de un estudiante un cartel que decía: “La generación six-seven hace su Mayo del 68”. La interpretación cobró aún más fuerza cuando Elisa me contó que, por ejemplo, los estudiantes de la Universidad París-Panthéon-Assas, una institución de Derecho históricamente poco asociada a las movilizaciones estudiantiles, también habían organizado bloqueos.
Al llegar a la plaza de la Bastilla, cargada de historia revolucionaria, vimos las banderas agitarse, los carteles luchar por alcanzar el cielo y los cantos transformarse en gritos de guerra. El apoyo a las manifestaciones era transversal. Ya no se trataba únicamente de un movimiento de estudiantes de secundaria. Me emocioné al pensar en Mayo del 68 y le hablé a Elisa de sus repercusiones en Uruguay, del asesinato de Líber Arce y de las marchas del 14 de agosto.
La policía rodeaba todas las calles que desembocaban en la plaza. Cerca de las cuatro de la tarde, cuando decidí irme, descubrí que solo dejaban entrar a la gente, pero no salir. Tuve que atravesar toda la plaza y esperar veinte minutos, apretado entre la multitud, hasta que los policías dieron la señal para avanzar. Finalmente, logré salir y me dirigí a un mercado latino donde compré yerba.
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El viernes 9, la UPEC anunció en un comunicado que los campus permanecerían cerrados hasta el miércoles siguiente. El lunes 12 fui a chusmear un poco para ver en qué andaban los estudiantes y conocí a Antoine, que me contó que había comenzado la licenciatura en Historia después de trabajar un par de años en la construcción.
“Es la opción más fácil para ellos”, dijo cuando le pregunté por la decisión de los directivos de cerrar la universidad. “Para algunos puede interpretarse como una medida de apoyo, en la medida en que no se opone al bloqueo. Para otros, sin embargo, puede ser una forma de impedir que los estudiantes vayan a la universidad y de desalentar la autoorganización”.
Después hablamos de las dictaduras sudamericanas de los años setenta. Me dijo que la única que había estudiado en el liceo era la chilena. Entonces recordé que el fin de semana había estado en la Maison des Arts de Créteil, un centro cultural situado en una plaza llamada Salvador Allende.
Justo en ese momento se acercaron dos estudiantes y nos dijeron que hacía falta gente en una universidad de Saint-Denis, una comuna al norte de París que había sido noticia semanas atrás por los violentos enfrentamientos con la policía. Había visto en las redes sociales videos del alcalde de la comuna, Bally Bagayoko, quien había acudido personalmente a las manifestaciones y formado parte del cordón humano que protegía a los estudiantes de la represión policial.
Para llegar al norte de París desde Créteil tuvimos que tomar dos trenes y recorrer ambas líneas de punta a punta. En el camino, Agash, uno de los estudiantes, de origen indio, me dio cientos de instrucciones sobre cómo actuar ante la policía. Me pidió mi número para integrarme a una red social secreta por la que se enviaban mensajes, me dijo el nombre de la abogada que defendía a los estudiantes, lo único que debía mencionar si me detenían, y, por último, dijo en un intento de español: “La policía en Francia son hijos de puta”.
Mientras viajábamos, saqué el mate y pensé que iba a tener que explicarles qué era, pero ya lo conocían. Agash repitió varias veces que el mate era muy bueno para el corazón, aunque nunca había escuchado eso. Le di a probar pero apenas tomó un sorbo su cara se contorsionó en miles de expresiones. Dijo que el agua estaba demasiado caliente y me lo devolvió.
Llegamos a la Université Paris 8, en Saint-Denis, con la expectativa de encontrarnos con humo, gritos y descontrol. Sin embargo, lo que vimos fue un grupo de estudiantes reunidos en el patio, sentados, fumando, charlando y jugando a las cartas. Buscamos un baño, no lo encontramos y terminamos meando en un rincón apartado, entre los árboles. Nos quedamos sentados con los estudiantes durante una hora, quizá, y después nos fuimos.
En el camino de regreso, vi en el celular que esa mañana había llegado a París la activista sueca Greta Thunberg y que había visitado el liceo Paul-Éluard, en Saint-Denis, donde había participado en una batalla de aura. Pensé nuevamente en el cartel: “La generación six-seven hace su Mayo del 68”. Mientras tanto, Agash se había puesto a mirar chalecos antibalas en una página de reventa. “El 17 va a explotar todo”, dijo, sonriendo.
El 17 de octubre, a un mes de aquella primera manifestación en el liceo de Créteil, se espera la mayor concurrencia interinstitucional hasta el momento.
Foto de encabezado: By FreCha – Own work, CC BY-SA 4.0 (link a la foto original)










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