Jueves 27

A las seis de la mañana es todavía de noche cuando atravesamos el río Cuareim y dejamos atrás Artigas. Las sillas plegables y las mochilas aguardan en la valija del auto. La distancia hasta Encarnación, nuestro destino final, es de 492 km. Pero para llegar debemos atravesar tres ríos y dos países: el río Cuareim para llegar a Brasil, el río Uruguay, para Argentina, y recién ahí cruzar el río Paraná para llegar a Paraguay. Artigas está más cerca de Paraguay que de Montevideo, pienso mientras la pradera verde se adueña del paisaje.

Es 27 de agosto y hoy empieza la segunda edición paraguaya del Campeonato Mundial de Rally (WRC) que tiene como sede la ciudad sureña de Encarnación.

Después de casi seis horas de viaje, cuando nos bajamos del auto en la ciudad argentina de Posadas, al borde del Paraná, un calor intenso nos abraza. Almorzamos en un restaurante sobre la ribera y desde allí intentamos descifrar una estatua de metal. Parece un indígena por los rasgos de su cara y, además, tiene una lanza. Pero su vestimenta nos hace dudar. Mi padre pide un surubí asado, yo una milanesa napolitana.

Cerca de las dos de la tarde llegamos al hostel. Es una casa grande de dos plantas y paredes de ladrillo rojo. Enzo, el niño que nos recibe, nos cuenta alegremente que por el Rally se suspendieron las clases. Cuando llega el encargado y nos muestra la habitación mi padre le dice que había reservado dos: una para tres personas (mi tío, mi padre y yo) y otra para sus dos amigos. Pero que hay solo una habitación para cinco personas. Como la cama de dos plazas es pequeña nos da un colchón inflable. Decido dormir allí pero después de olerlo desisto de la idea. Prendemos el aire acondicionado y descansamos un rato.

Con el mate pronto y los shorts puestos caminamos hasta el centro de la ciudad. Por momentos nos detenemos para ver los árboles. En la esquina del hostel hay un árbol de mangos. En varias de las cuadras siguientes vemos orquídeas florecidas sobre los árboles. Arranco uno de esos gusanos verdes y peludos que le cuelgan a los lapachos. Mi padre me cuenta que adentro están las semillas.

Vamos hasta la costanera donde las calles están cerradas y se encuentra el sambódromo. Allí se realiza la presentación del rally, de los autos y sus pilotos. Nos sacamos una foto con el arco que dice “Bienvenidos al WRC de Paraguay”. Ya no hay entradas disponibles para ingresar al sambódromo. Vemos desde afuera las tribunas y los autos estacionados.

Damos una vuelta y nos paramos delante de un tejido de alambre, custodiado por policías y agentes de seguridad, y vemos pasar a los autos y los pilotos cuando salen del lugar.

Escuchamos a Santiago Peña, actual presidente de Paraguay, dar inicio al Rally. Pregunta al público si quieren que el mejor rally del mundo siga siendo en el país pero no hay mucho entusiasmo en la respuesta. Sí lo hay cuando comienzan a presentar a los pilotos y copilotos.

Emprendemos el regreso por la costanera mientras el sol se comienza a despedir y tiñe todo el ambiente de naranja. Me alejo un momento del grupo, calzo los auriculares y escucho a Rosario Bléfari cantar:

Sigo remontando río arriba

en un barco que en la proa

lleva el nombre de tu nombre

río Paraná

Viernes 28

Faltan quince minutos para las seis de la mañana cuando suena mi alarma. Entro a bañarme y a las seis ya estamos desayunando. Mi padre, al que a partir de ahora llamaremos el hombre-cámara, guarda su cámara, su trípode, sus dos celulares en la mochila y lamenta no haber traído su dron. La idea es llegar al autódromo a las siete pero el portón eléctrico del hostel no se abre. Dos chilenos que tienen una camioneta Ford negra, enorme y con dos tubos de luz led azul en la carrocería se impacientan e intentan abrirlo a la fuerza. Lo sacan del riel y el portón ya no se desliza. Ahora son diez los brazos que ayudan a colocar el portón sobre el riel nuevamente y luego de quince minutos vuelve a su lugar y se desliza hasta abrirse por completo.

El Rally tiene 22 tramos que suman cerca de 360km. Algunos son caminos rurales largos y otros, como el del Autódromo Alfredo Scheid, lugares pensados para concentrar al público. Llegamos cerca de las ocho de la mañana e instalamos nuestras sillas plegables justo después de una curva junto a unas veinte personas que cerca de las once serán doscientas con sus toldos, sombrillas y paraguas. Un alambrado verde de plástico nos separa del camino.

El sol que saludaba amablemente ya comienza a hacerse sentir en nuestras pieles. Improviso un gorro con capucha: me pongo el gorro y me cubro la cabeza con la campera de nylon del Real Madrid y escucho las conversaciones a mi alrededor. Al parecer dos autos tuvieron accidentes en el tramo anterior y no van a pasar por el nuestro. Uno de ellos, un japonés de apellido Katsuta, parece que se llevó la peor parte y su auto voló por los aires.

Mientras esperamos, mi tío se pone a hablar de los autos. Sus manos acompañan cada explicación: dobla, acelera, frena, cambia de marcha. Cuando llega al cambio a quinta, el gesto se vuelve tan exagerado que la silla no resiste: se parte en dos y mi tío cae de culo al pasto. Todas las personas a nuestro alrededor se ríen. Nosotros también.

El hombre-cámara pone el celular sobre el trípode. Las personas se acercan todavía más al alambrado de plástico. El sol calienta la tierra colorada del autódromo. Todos miramos hacia el recorrido. Cuando doy el primer mordisco a mi lomito (así llaman al chivito en Paraguay) escucho el rugido agudo, casi de mosquito, del primer auto.

Los autos no salen juntos. Como lo que importa es el tiempo de cada recorrido, pasan de a uno. Primero lo vemos a lo lejos. Arranca el cronómetro y el auto sale disparado. Desde donde estamos aparece y desaparece detrás de las subidas y bajadas del autódromo. Lo que nunca desaparece es la nube de tierra colorada que levanta a su paso.

De pronto el auto vuelve a aparecer, cada vez más cerca. Todos levantan los celulares. Lo vemos durante tres segundos, quizás menos: entra en la curva, derrapa apenas y continúa a toda velocidad. La gente grita. Después desaparece y queda otra vez la nube.

Dependiendo del viento, la nube de tierra colorada que dejan los autos viene hacia nosotros o nos esquiva y se deshace en el aire. Cuando llega, nos tapamos la boca y los ojos con lo que tenemos.

A medida que pasan los autos, el hombre-cámara y mi tío comparan sus registros. Al principio filman sin ningún efecto. Después empiezan a probar la cámara lenta y la supercámara lenta. Compiten por quién consiguió mantener el auto dentro del cuadro y discuten si es mejor filmarlo en vertical o en horizontal. Después el registro se vuelve un juego. El hombre-cámara empieza a filmar en cámara rápida. Durante la cena nos mostrará el video y todos nos vamos a reír. Mi tío dirá que es el Correcaminos.

Cuando se disipa una de las nubes coloradas veo en el horizonte la bandera de Paraguay: una franja roja arriba, una blanca en el medio y una azul abajo. En el centro, el escudo. Está al revés, pienso y el pensamiento me cae como una revelación espontánea e infantil: el rojo, el color de la tierra, debería estar abajo, en el piso, y el azul del cielo, arriba. ¿Nos querrá decir la bandera de Paraguay que el mundo está dado vuelta?

Después de dos horas pasa el último auto. A las cinco volverán a pasar por el autódromo. Nos vamos a esperar a la sombra de un árbol. Me acuesto en el pasto y leo. Cada tanto levanto la vista y veo a los guardias de seguridad, con sus chalecos y pañuelos rojos,

comunicarse en guaraní. Unos días antes de venir, mi padre me mostró un video en el que hablaba el jefe de seguridad del evento. Se llamaba igual que él: Julio Muller. Le pido que me lo muestre otra vez para tener su rostro presente.

En un stand publicitario regalan un gorro del Rally con capucha a quienes ganan una carrera de bolitas de goma sobre una mesa inclinada. La competencia es entre tres bolitas. Elijo la azul, mi padre la blanca y mi tío la roja. Gana mi tío, pero me da el gorro a mí.

A las cinco estamos sentados al costado de la entrada al autódromo. Allí se reúnen algunos fotógrafos y personas que buscan ampliar su vista con binoculares y telescopios. La vista no es tan emocionante como desde la curva anterior, pero esta vez vemos los autos durante más tiempo. El alambrado de plástico fue reemplazado por un vallado de barrotes metálicos.

Vemos los diez autos de la primera categoría y nos vamos. A la salida, mientras caminamos hacia uno de los terrenos que funciona como estacionamiento, nos tomamos una foto.

Estamos todos naranjas y sonrientes. Todos llevamos nuestra silla en la mano, menos mi tío, que dejó los restos de la suya en la basura.

Sábado 29

Un rayo potente me despierta. Las hojas se agitan y el viento se cuela por todas las rendijas de la casa. Todavía no sonó ninguna alarma. Llueve con fuerza. Mi tío, que la noche anterior no pudo dormir por el grosor del colchón, que le hacía sentir toda la parrilla de la cama, esta vez puso el colchón inflable debajo de su colchón fino y duerme plácidamente. Para nuestra suerte, no escuchamos sus ronquidos. Empiezo a escuchar golpes en el techo. Está cayendo granizo.

Una hora después estamos todos despiertos y ya no llueve. En el camino hacia el camping, a unos 25 kilómetros de la ciudad, vemos columnas y árboles caídos. El cielo permanece cubierto y durante el día el sol aparecerá apenas unos minutos, de manera fugaz y esporádica.

Un kilómetro antes del camping nos detienen unos milicos. Nos dicen que ya no se puede avanzar porque por ahí van a pasar los autos. Bajamos del auto, atravesamos un bosque de eucaliptos y nos instalamos sobre una plantación de trigo ya cosechada. Desde ahí vamos a ver una curva casi en ángulo recto. Esta vez una cinta verde es lo único que nos separa del trayecto. Es un lugar público. Los autos pasarán por un camino rural.

Al igual que el día anterior, primero pasarán todos los autos a las once de la mañana y después, a las cinco de la tarde. Mientras leo sentado en mi silla plegable me rasco el brazo y descubro una pequeña roncha. La miro con atención. Tiene forma de tortuga. Le pido al hombre-cámara que le saque una foto. De nuevo escucho que el piloto japonés tuvo un percance. Esta vez continúa en carrera. Apenas hizo un trompo.

La gente viene más preparada que al autódromo. Acá no hay puestos de comida, así que llegan en vans con parrillas, mediotanques, discos y planchas para cocinar. Faltan todavía algunas horas para el mediodía, pero ya se siente el olor del humo de las ramas de eucaliptos.

En un momento aparecen dos personas disfrazadas de dinosaurio. El espectáculo que se arma alrededor de un auto se vuelve público y todos terminamos mirando cómo los dos dinosaurios se empujan hasta que finalmente se abrazan.

Llega el momento esperado. Esta vez no vemos venir a los autos sino que los escuchamos. El sonido aparece desde el bosque de eucaliptos y se acerca por el camino antes de que podamos distinguir nada. Como llovió, la tierra se humedeció y los autos ya no dejan detrás de sí la nube colorada del día anterior.

El sonido sigue anticipando su presencia. Todos quedamos atentos a las ondas que llegan desde el bosque. A veces la expectativa es tanta que confundimos el origen. Un rugido aparece detrás de los árboles y todos miramos hacia el camino. Después descubrimos que viene de un video que alguien está mirando en su celular.

Una vez que terminan de pasar los autos nos acercamos al bosque. Recogemos ramas y piñas y armamos una fogata. Le pedimos un disco a unos paraguayos, que nos lo prestan amablemente, y cocinamos un vacío y una colita de cuadril. Comemos.

Con la panza llena caminamos el kilómetro que nos separa del camping. Cuando llegamos vemos un campamento enorme de autos, combis, toldos y barro. La elevación del terreno hace que el camino por donde pasan los autos quede abajo y que, a ambos lados del barranco, se reúna la gente. Nos instalamos al costado de un árbol. Esta vez lo único que nos separa del camino es la elevación de la tierra.

Entre ambos lados calculamos que hay cerca de mil personas. Detrás del camping, hay un estacionamiento improvisado repleto de autos. Cinco minutos antes de las cinco pasa una camioneta con las sirenas encendidas. Se detiene al costado del barranco. Abajo, al nivel del camino, hay cerca de doscientas personas sentadas justo después de una curva. Un hombre se baja y habla con una persona de chaleco amarillo, que suponemos es el encargado de seguridad. Recién ahí vuelvo a recordar la búsqueda del doppelganger paraguayo de mi padre y me pregunto si ese hombre no será Julio Muller.

Después, junto a dos milicos, va a hablar con las doscientas personas. Algunas cierran sus sillas y empiezan a caminar hacia la barranca. Pero no todas obedecen. Hay una camioneta con dos tipos que toman algo, bailan y no se mueven. El guardia empieza a impacientarse. Desde nuestro lado del barranco empiezan los gritos. Un hombre con síndrome de Down, con una lata de cerveza en la mano, quiere pelear con el hombre de seguridad. Todo ocurre mientras la cumbia sigue sonando. Nuestro barranco se convierte en una hinchada de fútbol que reacciona en vivo.

Tan inmersos estamos en la situación tribunera que cuando pasa el primer auto nadie lo filma. Es tal la cercanía y la velocidad que nos quedamos mirándonos, estupefactos. Para el segundo ya estamos más atentos. Cada vez hace más frío. Decidimos, al igual que el día anterior, ver sólo los diez primeros. Pero a medida que van pasando empezamos a decir: “uno más”. Y así hasta ver diez más.

Domingo 30

Por primera vez desde que llegamos no tenemos que despertarnos temprano: el Rally ya terminó. Anoche hicieron los últimos tramos sobre la costanera, dentro de la ciudad.

Guardamos las cosas en las mochilas y después metemos las mochilas en la valija del auto. Las sillas plegables también. Nos despedimos del hostel y salimos a caminar por la costanera.

Volvemos a pasar por los lugares que habíamos recorrido los primeros días. Vemos nuevamente el río y, desde la costa, el Cañonero Paraguay, el barco en el que Perón se alojó tras ser derrocado del poder en 1955. El Rally todavía está presente en todas partes. Aunque ya terminó para nosotros, continúan los preparativos para la premiación de la tarde. Hay estructuras, vallas, escenarios y gente trabajando. Nos acercamos a mirar, pero no tenemos interés en quedarnos hasta la ceremonia.

Cruzamos nuevamente a Posadas y almorzamos ahí, como el primer día. Esta vez lo hacemos bajo la atenta mirada de la estatua del indio. Mientras espero la comida voy a saludarlo. Ahora sé quién es: Andrés Guaçurarí y Artigas, Andresito, el caudillo guaraní que combatió junto a Artigas, quien lo apadrinó y adoptó como hijo.

Después de almorzar volvemos al auto. Empieza el viaje de regreso. En la radio transmiten el clásico entre Peñarol y Nacional. Mientras escuchamos el partido empezamos a redactar la reseña del hostel. Mi tío dicta y yo escribo. Entre todos vamos recordando lo que pasó.

Al final terminamos esta reseña que finalmente no publicamos:

Las condiciones del hostel dejan mucho que desear. Hay falta de higiene: polvo debajo de las camas, baños sucios y una mampara de ducha con hongos. Las sábanas están percudidas y en mal estado.

Los colchones son súper finos y se sienten vencidos. Al dormir se siente la parrilla de la cama.

El desayuno que ofrecen es de muy bajo nivel.

El estacionamiento no está garantizado para todos los huéspedes, sino que funciona por orden de llegada, aunque en Booking se aseguraba que había estacionamiento.

Una noche llovió y el baño quedó inundado.

Además, habíamos hecho una reserva para dos habitaciones, pero al llegar nos dieron una sola para los cinco.

No volveríamos.

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