Finalmente, el 17 había llegado. Me desperté cerca de las diez de la mañana y me quedé en la cama viendo los clips del programa de la noche anterior de Gran Hermano Uruguay. Después me bañé y fui a la parada del bus. Al mediodía estaba en la entrada de la universidad, pero no había nadie. Entonces tomé un tren hacia el centro de París.

Durante el viaje descarté la idea de encontrar a los estudiantes de la UPEC y decidí seguir a algunos estudiantes que llevaban pancartas. Caminé junto a un grupo de cinco pibas por un gran bulevar hasta que me dio hambre. Entré en un café de una esquina, donde aproveché para cargar el celular, comer un omelette y tomar un capuchino. Cuando estaba por terminar, empecé a sentir los gritos, los bombos, el rumor.

Entré a pagar justo cuando los primeros manifestantes llegaban a la esquina. Salí y me uní a ellos. Me acerqué a un hombre bajo, de pelo blanco y lentes azules, que me dijo que eran alrededor de mil personas y que se trataba de una manifestación «salvaje», es decir, no autorizada por las autoridades. Era docente de Matemáticas Aplicadas en la Universidad Gustave Eiffel.

A medida que avanzábamos, quienes se encontraban al final del grupo iban tomando vallas metálicas o bicicletas públicas y las colocaban sobre la calle para interrumpir el tránsito. Así estuvimos durante dos horas, recorriendo el Barrio Latino y sus alrededores. El objetivo de las movilizaciones de ese día era generar la mayor cantidad posible de focos de protesta para dejar sin capacidad de acción a la policía.

Cuando le pregunté por el vínculo entre lo que estaba pasando y el ciclo que había comenzado en Mayo del 68, el profesor me dijo que las manifestaciones actuales habían comenzado en los suburbios, mientras que Mayo del 68 se había iniciado y concentrado en París, en sus universidades y liceos burgueses.

Mientras cruzábamos un puente, me detuve a observar un gran cartel que cargaban cuatro personas. Había tres figuras de cartón arrodilladas, cada una lamiéndole el culo a la otra. Laurent Nuñez, ministro del Interior, se lo lamía a Macron, quien, a su vez, se lo lamía a Bernard Arnault, empresario francés y propietario, entre otras cosas, de la marca de lujo Louis Vuitton.

Después me acerqué a dos hombres que llevaban chalecos amarillos fluorescentes. Eran representantes de los famosos Gilets jaunes, quienes en 2018 habían protagonizado un ciclo de protestas contra el aumento del precio del combustible. Me dijeron que no querían hacer un nuevo Mayo del 68 porque aquellas manifestaciones no habían llegado a nada. Lo que querían era hacer lo mismo que en 1789: decapitar al poder.

En otro momento vi un cuadro que llevaban dos personas. Era un óleo en el que aparecía Macron con las manos en la nuca, nuevamente arrodillado. Detrás de él estaba Marianne, la figura del célebre cuadro de Delacroix, símbolo de la Revolución francesa, pero transfigurada con el rostro de un joven. Debajo, sobre un fuego ardiente, se leía: «Voilà, un presidente que se porta bien».

Llegamos al Panteón, donde se desató una discusión entre los manifestantes que estaban a favor y en contra de entrar y bloquear el monumento. Mientras discutían, dos guardias de seguridad aprovecharon para cerrar el portón de acceso. Ya comenzaba a hacer frío, así que decidí ir hasta la estación de metro más cercana y volver a casa.

*

El domingo, mientras escuchaba el discurso de Macron, en el que hacía hincapié únicamente en los episodios de violencia y disturbios, sin mencionar las peticiones y los reclamos de la gran mayoría de los manifestantes, Agash me envió un mensaje por WhatsApp. Me contó que el lunes los estudiantes de la escuela del museo del Louvre iban a bloquearlo. Quedamos en encontrarnos a las seis y media de la mañana en la entrada de la universidad.

Todavía era de noche cuando fui a la parada del ómnibus. Al llegar, vi a dos estudiantes armando barricadas. Dejé la mochila y me puse a ayudarlos.Era tan temprano que no podía hacer el esfuerzo de comprender el francés, mucho menos de hablarlo. Con otros compañeros fuimos bloqueando todas las entradas de los edificios de la universidad. Cuando ya había amanecido, me asignaron una puerta para custodiar. Mientras tomaba los primeros mates y me enteraba de los toques de queda anunciados para algunos lugares puntuales de París y otras ciudades francesas, algunos alumnos se acercaban a las vallas, pero no se animaban a correrlas. De vez en cuando aparecía algún funcionario que intentaba mover el vallado. A las once fui a la asamblea general y, cuando terminó, el cansancio me venció y decidí volver a casa.

El miércoles por la mañana me enteré de que Laurent Nuñez, el ministro del Interior, había presentado su renuncia, aunque Macron no la había aceptado.
Ese día asistí a una sesión especial del Festival de Cine Latinoamericano, que se había celebrado en abril. Vi una película chilena llamada La Corazonada, un romance de la tercera edad donde los protagonistas encuentran la posibilidad de acercarse cuando una mujer les propone participar en una película. Después vi tres cortometrajes.

Después del festival fui a la universidad, donde se iba a dictar una clase titulada “Las movilizaciones de la juventud francesa desde una mirada argentina”, a cargo de una socióloga e investigadora del CONICET. La docente trazó un paralelismo entre los piqueteros argentinos y los bloqueos de las instituciones educativas por parte de los estudiantes franceses.

La docente argentina habló en español y, a su lado, había un hombre que traducía sus palabras al francés y llevaba una campera de la selección uruguaya de fútbol. Su pronunciación del francés no mostraba fisuras. Ninguna palabra me permitía sospechar de su francesidad. Asumí que sería simplemente un amante del fútbol sudamericano. Hasta que en un momento le pregunté:

-¿Por qué tenés esa campera?

Me respondió que era uruguayo. No le creí. Lo miré sonriendo y le dije:

-¿En serio?

Vi que una docente francesa se reía y pensé que me estaba haciendo una broma. Pero no. Resultó que él había nacido en Francia, pero su padre, Leo Harari, uruguayo, había tenido que exiliarse al comienzo de la dictadura debido a su participación en el Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros. Encontré en internet una breve biografía suya que me gustó:

Nació en Montevideo en 1947. Animó un programa de televisión para jóvenes en 1969 que fue censurado. Estudió Derecho, militó en el Movimiento Tupamaro y fue apresado. En 1973, lo obligaron a refugiarse en París, donde estudió Ciencias Políticas. En 1979 viajó a Nicaragua, en plena revolución sandinista, y se decepcionó al ver tanta violencia gratuita. Regresó a la Ciudad Luz, donde trabajó en la UNESCO y, en 1985, el entonces presidente del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) lo invitó a trabajar en ese organismo internacional.

Además, en 1985 publicó una novela titulada La nostalgia tiene bolsillo. Su hijo, a quien olvidé preguntarle el nombre, me habló de la asociación ¿Dónde están?, que yo había conocido como «La Parilla» a través de los escritos de Mirtha Passeggi, la escritora ficticia exiliada en París del libro El cielo visible de Diego Recoba, que había leído durante mis últimos días en Uruguay.

*

Cuando llegué a la charla de la docente argentina y me senté en una silla del anfiteatro, se me acercó Alexandre, quien se presentó como integrante del Partido Comunista Revolucionario y me invitó a asistir a su próxima reunión, el jueves de esa semana. Como no podía ir, me invitó a marchar con ellos el sábado, durante el segundo acto de este ciclo de manifestaciones.

El sábado, cerca del mediodía, tomé el tren para ir al distrito diez de París, a la sede del Partido Comunista Revolucionario. Era un pequeño salón de dos ambientes. Saludé y me presenté. Charlé un poco con algunas de las personas que estaban allí. Hablé de la resistencia del Partido Comunista Uruguayo durante la dictadura. Hablé de mi tía abuela, de su militancia y de su posterior clandestinidad.

Lo primero que vi al entrar fueron las bolsas con diarios en el suelo. Me contaron que no recibían ayuda estatal y que la venta de periódicos era una de las formas que tenían de financiarse. Encontré a Alexandre y nos detuvimos frente a un mapamundi que colgaba de la pared. Me dijo que en todos los países que tenían un alfiler azul había un partido comunista con el que mantenían comunicación directa. No eran pocos los países señalados.

Había personas de todas las edades, pero el que subió a un pequeño estrado y pronunció un breve discurso tenía más o menos mi edad. Explicó que nos organizaríamos en cinco grupos, cada uno con un referente que llevaría una bandera de la agrupación para que pudiéramos identificarlo desde lejos. Agarramos las bolsas con los diarios y salimos rumbo a la marcha.

Llegamos a Porte d’Italie, el lugar de la concentración, y me dieron algunos diarios. Alexandre me explicó brevemente su contenido y me dijo que lo siguiera para observar cómo los vendía. Intenté acercarme a la gente, pero me dio vergüenza y tampoco estaba seguro de qué debía decir. Entonces me limité a seguirlo y observarlo. Después de un rato, avanzamos por las vías del tranvía en dirección a Porte de Vincennes.

Mientras seguíamos intentando vender diarios, encontré unas palabras con las que me sentía cómodo: «¡Diario revolucionario!». Eso era lo que les repetía a quienes se me acercaban. Mi estrategia de venta, a diferencia de la de Alexandre, que gritaba consignas contra el Estado y la burguesía, consistía en acercarme a las personas que se detenían a mirar la portada del periódico que sostenía entre las manos. En ese momento aprovechaba para preguntarles:
-¿Quiere un diario revolucionario, madame?

De ese modo vendí dos diarios en veinte minutos y pensé que había dado en la tecla. Después nos agrupamos sobre la calle y empezamos a ofrecerlos a todos los que pasaban. Pero no tuve la misma suerte. Apenas vendí uno más. Al rato empezó a hacer frío y a llover.

Cuando volvíamos a la sede en tren, aproveché para preguntarle a Alexandre qué pensaba de Mayo del 68. Su respuesta fue ambivalente. Me dijo que sentía que aquel ciclo no había logrado generar una desestabilización real del poder político. A su vez, consideraba que el nuevo ciclo de protestas todavía no había alcanzado las dimensiones de aquel, porque no había habido una huelga general.

-Esperemos a ver qué pasa a partir del 5.

Las organizaciones sindicales más importantes del país convocan a una huelga general para el próximo 5 de noviembre.

Lee aquí la primera crónica La generación six-seven hace su Mayo del 68

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