Hace unos días se abrió un debate público sobre un mural del artista urbano José Gallino en el exterior del edificio (fachada norte) del Instituto de Profesores Artigas (IPA). La obra es un homenaje al fundador y primer director del centro de formación, Antonio Miguel Grompone (1893-1965) y fue autorizada por ANEP, sin que el artista cobrara por su trabajo.

Artista: José Gallino. Foto: Oscar Klein, 2021

La discusión se genera a raíz de una carta, firmada por el Instituto de Historia (IHA) de la Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo (FADU) de la Universidad de la República, que es replicada en varios medios de comunicación. En la misma plantea, entre otros puntos, su posición negativa sobre la intervención de Gallino, abrir canales reales para la preservación del patrimonio arquitectónico nacional y la denostación clara hacia expresiones callejeras como el arte urbano. Más allá de que surge una denuncia hacia el artista, en este tipo de procesos más amplios, poco tiene que ver su decisión de hacer un mural. Cabe destacar que la sede del IPA es una obra proyectada por los arquitectos De los Campos, Puentes y Tournier y, según da a entender el IHA, se trataría de una “de las obras notables de la arquitectura uruguaya”.

La discusión no es nueva, años atrás escribí sobre una intervención artística en una garita policial en Montevideo, esta vez realizada por niños y niñas de una escuela, no por artistas callejeros. Ante la polémica actual, rápidamente escribí una primeras ideas en un hilo de Twitter, pero me gustaría profundizar en ellas para ampliar su escenario material y conceptual.

1. el lugar de la ciudad y los espacios públicos

Estoy de acuerdo en que la ciudad es un gran lienzo creativo. Si apostamos a espacios públicos más humanos (como podrían pensar Jacobs, Gehl y muchos otros), más que nunca es necesaria una ciudad con estas características. La creatividad urbana es una dimensión indiscutible.

En este contexto, la ciudad puede ser vista como un espacio de tensión, allí es donde se vive y se construye una historia social. Es en los habitares cotidianos que le dan forma a su fisonomía. El espacio material y simbólico de la infraestructura urbana va constituyendo nuevas realidades y otorga un giro interpretativo a la sociedad en su conjunto de manera constante. Da sus aportes aun sin saber ciertamente sus alcances y limitaciones, ofrece nuevas significaciones para el habitante de la ciudad. Si bien hay una estructura que posibilita cierta estabilidad y cooperación en la ciudad, también hay núcleos vivos que van dando contenido a la experiencia más cotidiana.

Por otra parte, no pensemos sólo en términos de centralidades urbanas, Montevideo es más que eso, al igual que su arquitectura o su arte en el espacio público. Por ejemplo, el arte callejero en muchas ocasiones es un medio, no un fin. El trabajo colaborativo desde una mirada barrial también está presente, la obra ocupa un lugar secundario ante el intento de generar iniciativas participativas, inclusivas y solidarias.

2. el lugar del patrimonio y la arquitectura

El patrimonio, la arquitectura y el arte urbano no siempre son puntos en tensión. El lugar del patrimonio en Montevideo es un debe de larga data, su invisibilidad poco tiene que ver con el arte urbano. La arquitectura y su relativa protección también presentan sus bemoles. Ejemplos hay muchos. La casona del ex presidente Claudio Williman o una casa de Bello y Reborati con un edificio incrustado dentro de su fachada también podrían ser objeto de discusión.

Por otra parte, se percibe cierta perspectiva elitista y conservadora de la arquitectura nacional (o montevideana) y no sé hasta qué punto contribuye a dar profundidad a un posible debate sobre nuevas lógicas de ciudad que buscan la diversidad de las expresiones. Si el IPA no estuviera firmado por los arquitectos De los Campos, Puentes y Tournier, ¿estaría presente la discusión? Lo mismo, si hubiera ocurrido con obras de Vilamajó y Cravotto, ¿qué hubiera pasado? ¿No hay obras menores que también merecen ser preservadas? Lo cierto es que más allá de los nombres, en todas las ciudades existen las “malas arquitecturas” y las “buenas arquitecturas”.

La discusión es amplia, estoy de acuerdo en que debe cuidarse aquello que tenga un valor patrimonial. También es real que muchas de la veces hay patrimonios que no están institucionalizados, es decir, el propio proceso de patrimonialización no está determinado por las instituciones o los mandatos del momento. Ejemplo de ello podría ser el vacío inmaterial que han dejado los diferentes cines que se han cerrado en la ciudad (el Plaza, por ejemplo) para reconvertirse en espacios quizás no esperados por la ciudadanía.

Rápidamente podría pensar en un ejemplo análogo en la relación entre arquitectura y arte urbano. El proyecto “Mujeres de la Ciencia” (http://www.donesdeciencia.upv.es/index_c.html) es una iniciativa conjunta de la Universitat Politècnica de València y el Ajuntament de València que busca “visibilizar y rendir tributo a científicas de referencia nacional e internacional”. En este caso hubo un gran recibimiento en general, podría decirse que es una “buena práctica” aunque esto se trate también de una construcción, de un acuerdo y de un pacto social.

Artista: Lula Goce. Foto: Ricardo Klein, 2020
Artista: Hyuro. Foto: Ricardo Klein, 2020

3. el lugar del arte urbano

El arte urbano como práctica es heterogéneo. El arte urbano como concepto es dinámico. Este tipo de prácticas no desea destruir ciudades ni patrimonios, busca aportar un cambio en la ciudad. Como toda expresión artística, a veces se logra y a veces no.

Es un error pensar que es lo mismo hablar de graffiti (tags, bombas, etc.) o arte urbano, donde si bien están presentes estos estilos, también surgen otros como el stencil, por ejemplo. En ambos casos el muralismo está presente, lo que los distancia un poco es el estilo o las formas de ver la práctica callejera en la ciudad. Es decir, esta distinción no es sólo por una cuestión estética, tiene que ver también con cómo miran la ciudad, sus espacios públicos, con cómo es su apropiación territorial, entre otras variables. En ambos casos el derecho a ser parte de la ciudad está presente, y el posible aporte que pueden generar también.

Por otra parte, sería un enfoque ocioso establecer si embellecen o afean la ciudad. Es un tema en tensión que parte de la idea de “dar color a la ciudad”. En general, existe esa posición de que la calle adquiere más color y vida por realizar obra en el espacio público. Más allá que es posible cuestionar este punto de partida, lo cierto es que es una posición más que respetable. Sobre todo, lo que se intenta es mutar esa idea de ciudad “gris” que podría asociarse a Montevideo y convertirla en un lugar con nuevas caras posibles. El color en sí mismo no necesariamente significa una transformación para la ciudad y los espacios públicos, pero si podría aportar a reconfigurar un imaginario de ciudad que muchas veces no está pensado.

En particular, por ejemplo, me gustan mucho las intervenciones que se han realizado en medianeras de Montevideo. No me refiero exactamente a si me gustan más o menos, sino a la apropiación que ello genera. Creo necesario que ocurran este tipo de iniciativas.

Artista: Morazul. Foto: Ricardo Klein, 2017

Artistas: Raf / Plim. Foto: Ricardo Klein, 2017

4. el lugar de la administración pública

En general, faltan iniciativas reales para generar acciones colaborativas entre el sector público y el arte urbano. Existe una gran ignorancia desde lo público sobre el aporte de estas prácticas artístico-culturales. El arte urbano puede ser cool y moda, pero en esencia no lo es.

Muchas de las veces las propias acciones públicas entran en contradicción con las prácticas callejeras. En Montevideo es muy laxo el control que pudiera existir sobre ellas; por otro lado el propio arte urbano es un medio para potenciar una imagen de ciudad. Estos ejemplos podrían incluir desde la intervención de contenedores de basura del Programa Montevideo Convivencia de la Intendencia de la Montevideo (IM) hasta el espacio reconvertido en el viaducto de Paso Molino, proyectado por el Colectivo Licuado junto con vecinas, vecinos y organizaciones del Centro Comunal Zonal 14 del Municipio A.

Lo cierto es que actualmente se está intentando sumar arte callejero a la cara urbana de Montevideo. No siempre alcanzando buenos resultados, como a mi criterio no se logró con la idea de generar una galería a cielo abierto en la Avenida 18 de Julio, iniciativa impulsada desde la IM.

Por otra parte, también es real que, desde hace tiempo, este aporte (en su mayoría de manera ilegal) se ha sostenido por los propios artistas ante la invisibilidad (¿y quizás desdén?) del sector público. Es decir, el impulso y empuje de incorporar arte callejero a la ciudad ha sido inicialmente de los artistas, no desde una acción o política pública.

Artista: Maldito Bastardo. Foto: Ricardo Klein, 2017
Artista: Mariela Kumchik. Foto: Ricardo Klein, 2017

5. el lugar de la publicidad privada

Se habla muy poco de la invasión (contaminación) de la publicidad privada en el espacio público. Ejemplos en Montevideo los vemos todos los días, ocurre con las marquesinas de la Avenida 18 de Julio y no se trata de un problema actual. ¿Por qué no se discute? El espacio público se privatiza.

Más allá del origen del cual provenga la misma, sean anuncios de la administración pública, del sector privado o del tercer sector, la publicidad -desde su carácter tanto material como simbólico- genera un enfrentamiento, un conflicto y una tensión importante en el espacio público de las ciudades.

De la misma manera, la ciudad también está invadida por publicidad privada con estética ilegal. Es decir, se utiliza una estética graffitera, por ejemplo, pero para promocionar un producto privado. En varias ciudades del mundo puede verse esta contradicción, Barcelona es una de ellas. Por un lado se persigue la intervención del graffiti en los trenes pero, por otro lado, en el propio medio de transporte marcas privadas hacen uso de ella. ¿Cómo podríamos entender estas contradicciones? ¿Será que el problema aquí es el binomio pago – no pago del espacio público? Si fuera este un punto de discusión, entonces ¿qué o quiénes constituyen y dan orden al espacio público compartido?

Foto: Ricardo Klein, 2017
Foto: Ricardo Klein, 2017

6. el lugar del artista y su profesión

Este tema visibiliza, una vez más, la enorme precariedad que sostiene el ecosistema del arte y la cultura en el país. No me refiero únicamente a los artistas urbanos, sino a un escenario generalizado que permea a todo el campo en su conjunto. Un iniciativa de la administración pública, esta vez del gobierno nacional (ANEP), donde no hay un pago por el trabajo realizado.

Aquí podrían señalarse varios responsables individuales e institucionales, lo cierto es que la estructura es tan débil que sería importante incorporar algunos elementos para un debate necesario. Históricamente, en términos generales, la profesionalización del trabajo artístico siempre ha estado caracterizado por su precariedad. El arte callejero, como una “nueva profesión” dentro del campo artístico ampliado, no ha sido la excepción.

Como parte del desarrollo de la práctica profesional, autores como Howard Becker destacan que todo arte está basado en una extendida división del trabajo donde se establecen relaciones de dependencia entre los artistas y otros actores que forman parte del mundo artístico específico. Según el autor, en el marco de estas lógicas de dependencias el papel que registra la distribución de los trabajos artísticos es central, por ello que en los mundos de arte desarrollados existen sistemas de distribución donde el artista está integrado a la economía de su sociedad, constituyendo relaciones de dependencia que establecen estos artistas con otros actores que forman parte de la escena. En este sentido, podría discutirse la vinculación con: i) la administración pública; ii) el mercado del arte; iii) iniciativas/proyectos privados; iv) otros actores que no están determinados exclusivamente por el mercado artístico ni la administración pública y v) entre los propios artistas callejeros. Estos criterios no son autónomos, se entrecruzan generando interdependencias.

Para terminar, creo que se trata de un debate inacabado y ojalá siga así. Lo importante en estos casos, más allá de acuerdos o desacuerdos, es poder pensar la ciudad como un lugar que está vivo. Creo que esta podría ser una clave para entender lo que estamos transitando en estos tiempos inconclusos y de tanta incertidumbre.

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