La Bic de Dios es la tercera novela de Fernando Villalba. En ella proliferan los puntos de vista de distintos personajes y se construye un clima en el que eso que llamamos realidad empieza a trastocarse y los límites entre lo que es normal y lo que no lo es se esfuman. Si la novela consigue sostener el interés por la trama durante más de 500 páginas es, precisamente, por la combinación del entrelazado de puntos de vista y el avance de la acción.

La obra de Fernando Villalba (1961) empezó a cobrar visibilidad hace unos diez años. En el ámbito local comenzó con la publicación de su primera novela en 2011, a los 50 años. Su trayectoria está dividida en varios países. Es un poeta premiado en España (Premio de Poesía María Eloísa García Lorca, 2014) y Brasil (I Concurso de Poesia E por falar em Casa das Rosas, de la Secretaría de Cultura de San Pablo, 2010). Ha publicado sus textos poéticos en algunas antologías fuera del país; también incursionó en el monólogo teatral junto con la periodista Lidia Curi y compuso la música de la obra Yo elegí ser Evita, con texto y dirección de Marta Avellaneda, que tuvo distintas funciones en Argentina entre 2012 y 2015.

Hay muchos ejemplos locales e internacionales de escritores que comenzaron a publicar cuando ya eran adultos bien establecidos. Según el relato del propio Villalba, desde pequeño quiso ser escritor. Contó en distintas entrevistas que su padre era músico y su madre, pintora. Fue esta última quien le dijo que tenía que encontrar una «profesión alimenticia», por lo que se puso a estudiar química. De hecho, como muchos escritores uruguayos, Villalba se ganó y se gana la vida en otra profesión y pudo dedicarse con intensidad a la literatura después de solucionar cómo pagar las cuentas y sostener la vida. Tal vez eso explique que uno de sus primeros logros como narrador profesional haya llegado en 2008, cuando su novela Victorino: el vuelo de un mago fue una de las diez finalistas del Premio Planeta en España, elegida entre las 528 obras presentadas. La novela no ganó, pero fue publicada en 2011 con el título El pañuelo del mago por Random House Mondadori y republicada en 2013 por Debolsillo. En 2011 también participó con diez textos en el libro Pequeñas grandezas: antología de microrrelatos uruguayos del siglo XXI (2011), compilado por Rafael Courtoisie.

En mayo del año pasado, en una entrevista con Fernando Medina (Oír con los ojos, Radiomundo), el autor anunció que El pañuelo del mago tendrá una pronta reedición. Algo que parece lógico tras el éxito de la novela en su momento y la publicación reciente de otras dos novelas suyas: Nunca te duermas escuchando relatos de amor (Fin de Siglo, 2018) y La Bic de Dios (Fin de Siglo, 2021).

Dios está loco

En esa misma entrevista, Villalba habló sobre las condiciones de producción de su más reciente novela. Contó que se coló en un grupo de lectores, todos psicólogos, que leyeron y discutieron su texto a instancias de Violeta García (la madrina del libro, como él mismo dijo). Algunas marcas de esta vida doble de La Bic de Dios, en el mundo literario y en el mundo psi, están presentes en el libro: el prólogo del psicoanalista Luis Correa Aydo y el agradecimiento, al final del texto, al doctor Enrique Probst (1931-2020), profesor de la Clínica Psiquiátrica de la Facultad de Medicina y también escritor de ficción.

El prólogo de Correa sugiere líneas de lectura muy interesantes. La más importante es la idea de esta novela como un «relato de fronteras», así, en plural, dados los múltiples límites que va delineando. Es cierto que, como menciono más arriba, el libro transita dos mundos, el psi y el literario, pero Correa se refiere a los límites entre la realidad y la fantasía, entre la cordura y la locura, entre lo humano y lo divino, entre otros. Es una frontera que se representa en la ciudad de Santa Eulalia: del lado izquierdo del río, el pueblo; del otro, la colonia psiquiátrica. Uno de los narradores de la novela, Joshua Tof, escritor ruso que se instala en Santa Eulalia, dice que la ciudad «es un cerebro», siguiendo una curiosa teoría de los hemisferios que tiene su importancia relativa en la trama. El lugar donde todas las fronteras comienzan a trastocarse es el puente, el lugar de tránsito sobre el río que permite la interacción entre los dos hemisferios.

Luego de un epígrafe genial de Marosa di Giorgio («Dios no se veía, pero era de la familia»), la novela comienza con una frase que capta la atención: «Soy Dios». Lo dice Gutiérrez, un interno de la colonia psiquiátrica. Quien narra es Saúl Rotwer, el director de la institución, como sabemos a medida que avanza la trama. Rotwer representa el saber médico en la novela: en sus monólogos y sus diálogos iniciales discurre acerca de distintas patologías, recomienda medicaciones, habla de sus posibles efectos. Pero, a medida que avanza la trama, va suavizando su apego a ese saber. Quisiera contar más detalles sobre este punto, pero tendría que adelantar elementos de la trama. Es cierto que hay pocos remansos en el fluir de la acción de La Bic de Dios, por no decir ninguno. Los hechos se suceden uno tras otro, tienen un ritmo intenso, son atrapantes. Ese es uno de los fuertes de la novela; por eso conviene no adelantar muchos detalles y no quemar esa cadena de hechos.

Alcanza con decir que en ese puente, en ese lugar de tránsito, los límites tan nítidos que aparecen al comienzo entre, por ejemplo, la locura de Gutiérrez y el discurso médico de Rotwer se trastocan y, por momentos, hasta se invierten. El doctor tiene un accidente de tránsito en el puente –le fallan los frenos (luego sabremos más sobre ese «accidente»)– que invierte los papeles: pasa de ser el doctor-director a ser un interno de la colonia psiquiátrica. Uno de los costados de la historia de Rotwer son las intrigas y las traiciones dentro y fuera de la institución, los líos amorosos y familiares, que configuran un registro narrativo bien conocido: la novela de aprendizaje. Como interno, Rotwer va redescubriendo la colonia –ya no desde arriba– y comienza a establecer vínculos distintos con sus –ahora– pares.

Pero La Bic de Dios no se agota en esas inversiones. En el mismo puente, mientras ocurre el accidente, Estela María Waals, hija de un enfermero de la colonia, pensaba en suicidarse. El accidente impide que caiga al río. En medio de la confusión, aparece Dios Gutiérrez, que se había fugado de la colonia en el auto de Rotwer, y la rescata. A partir de estos dos personajes se desarrollan otras dos historias: una de amor y deseo, con un triángulo amoroso incluido, y una detectivesca. Así, en los cuatro primeros capítulos quedan planteados los tres puntos de vista que se mezclarán en la narrativa: el de Rotwer, el de Estela María y el de Joshua.

Tal vez la extranjería de Joshua, que también se marca en Santa Eulalia con el apodo que le ponen –Diablo–, es la coartada perfecta para un narrador omnipresente, que la mayor parte del tiempo no interviene y nos da la palabra directa de los personajes en forma de diálogo. El caso de Estela María, como personaje y como punto de vista, es distinto. En ella se concentran las referencias literarias: es lectora de las novelas de Agatha Christie y de la poesía de Di Giorgio; es también la heroína conflictuada por su origen, por el vínculo roto con su madre, pero también la más pragmática y «normal» de todos, a pesar de estar rodeada de «locos».

Ingeniería narrativa

Si bien la acción es sustancial en la narrativa de La Bic de Dios, la forma en la que se la presenta es tan o más importante. La experimentación formal de Villalba –algo que ensayó también en Nunca te duermas escuchando relatos de amor– es en esta novela mucho más riesgosa y, al mismo tiempo, efectiva. Para empezar, los capítulos están subdivididos en pequeñas unidades que emulan los versículos de la Biblia. Cada capítulo tiene un título, pero las secciones tienen el nombre de pila (sin el apellido) de las voces narrativas, como si se tratara de los apóstoles.

Al comienzo, los capítulos son más bien convencionales: un punto de vista a la vez. Comienza Rotwer, luego Estela María (aunque irrumpe Joshua al final del capítulo), Rotwer de nuevo, luego Joshua. Pero, a medida que avanza la novela, los puntos de vista empiezan a complementarse dentro del relato. Por ejemplo, en el capítulo 50 –uno de los tantos que presentan las tres voces narrativas– el relato va saltando entre los tres puntos de vista. El procedimiento funciona muy bien y consigue captar la atención en la lectura una vez que se ha establecido.

El flujo de la acción y del procedimiento formal es, por momentos, interrumpido. Así, Villalba logra romper el automatismo y resolver diversos aspectos de las tramas. Por ejemplo, la madre de Estela María abandona la casa sin muchas explicaciones. Este conflicto acompaña la historia del personaje. Para resolverlo se introduce el género epistolar, unas cartas en las que Beatriz Artola explica los motivos de su partida a Manfred Waals, su marido. También hay espacio para la sorpresa en el capítulo 31, con un punto de vista que nunca había aparecido. Hay otros recursos que resultan interesantes en relación con los sujetos que narran y los espacios, que se concretan en los capítulos 24 y 40.

Otro elemento a destacar es la interesante ruptura que se produce con Joshua. Decía que es un narrador que no interviene, pero en el capítulo 32 irrumpe sorpresivamente, comentando y corrigiendo lo que dicen los personajes sobre sus textos. En toda la novela se citan dos libros apócrifos, ambos obra de Joshua. Sus ideas son discutidas y aplicadas por algunos personajes. En este capítulo, Joshua se siente halagado porque un personaje utiliza una cita de su obra, aunque señala que la frase está mal traducida. A partir de allí el tono sube, sus comentarios comienzan a ser irónicos o sarcásticos. El recurso es gracioso y se intercala con el fluir de la conciencia de los personajes.

El humor es un punto alto de la novela, pero también se respira una gran seriedad, entre muchas otras emociones. La parodia a los autores de autoayuda, las locuras de los internos y los «normales», y algunos diálogos funcionan realmente muy bien. Pero La Bic de Dios también tiene una dimensión política, sobre todo a través de Cafrune, un interno anarquista expropiador y monárquico. Por medio de este personaje el autor saca a relucir, con sarcasmo, las contradicciones del «revolucionario», mediante temáticas que resultan polémicas, como la realidad cubana. Hay un diálogo entre un taxista cubano en Montevideo y Cafrune que es realmente desopilante, como lo es su relación con los lujos burgueses que encuentra en el apartamento de Rotwer. Asimismo, la reflexión política aparece también en otros personajes: el propio Rotwer tiene un pasado revolucionario, que su madre le reprocha cada vez que lo ve: según ella, lo condujo a dirigir un hospital público, lo que entiende como un demérito y una consecuencia de ser «comunista».

En la novela hay un conflicto sostenido entre Rotwer y Muiño, quien es su rival porque es el director que lo reemplaza cuando tiene el accidente y también el nuevo novio de Claudia, su expareja. Muiño es un autor de best sellers de autoayuda, lo que irrita a Rotwer, que publica trabajos de investigación serios. En la que era su oficina, Rotwer advierte que Muiño publicó un libro con un título plagiado: No hay remedio certero para los males del alma, una frase de El alienista (1882), del escritor brasileño Joaquim Machado de Assis, que él tenía enmarcada en portugués y colgada en la pared de la oficina. Ese conflicto deriva en una discusión entre Rotwer y Muiño acerca del plagio, pero lo que importa es la cita: así como el doctor Simón Bacamarte de Machado de Assis, el doctor Saúl Rotwer de Villalba también se pregunta quién está loco y quién cuerdo. Las tramas de poder, narcisismo, celos y envidia que se producen entre los «normales», tanto dentro de la institución de salud como en el pueblo, permiten poner en suspenso las respuestas unívocas respecto a lo que denominamos realidad. La ficción es capaz de crear ese espacio en el que se produce la suspensión y la crítica al saber médico sin connotar un rechazo directo, sino, más bien, el reconocimiento de sus límites.

En ese sentido, la novela de Villalba aporta una trama vertiginosa y una estructura firme que la sostiene y que presenta una pluralidad de voces bien construidas. La Bic de Dios es una intensa máquina ficcional cuyo final puede llevarnos, tal vez, a admitir, nomás, que Dios está loco y se escapó de una clínica de Santa Eulalia, un pueblo que queda a unos quilómetros de Montevideo.



Publicado originalmente en Semanario Brecha, el 20 de enero de 2022.

Deja una respuesta

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s