A un libro nos podemos acercar, como a una corriente de agua, de dos maneras: braceando en su superficie y dejándonos arrastrar por su corriente o sumergiéndonos en sus profundidades para descubrir lo que no se ve a simple vista. Con la primera nos acercamos al relato en la forma y el estilo que concibió su autor, con la segunda podemos llegar a interpretar el sentido de su escritura, el propósito de una historia que una vez terminada deja de ser suya y comienza a tener vida propia.

En el caso de “El zambullidor” esta doble consideración se intuye especialmente necesaria. Si el relato esta construido con un lenguaje tan lírico como evocador, que atrapa como las aguas del río a los desprevenidos, el fondo de la corriente nos adentra en un mundo en vías de extinción donde podemos encontrar los asideros firmes, que nos ayudan a soportar los avatares de la vida.

Si a ello le sumamos que el río es además uno de los personajes destacados de este libro y que su autor, Luis Do Santos, considera su literatura “líquida como el río, y al igual que su corriente puede ser cristalina o turbia, tranquila o furiosa, desbordándose a veces”, entonces ya contamos con algunos de los elementos necesarios para acercarnos con una particular mirada a este texto fronterizo.

París 24 de mayo, los organizadores del club de lectura del Instituto Cervantes han conseguido que Luis Do Santos esté hoy con nosotros para hacernos partícipes de este pequeño milagro que ha significado “El zambullidor” (gracias sin duda a la colaboración de la Embajada de Uruguay y la editorial). Un libro que en un breve lapso de tiempo fue traducido y publicado en Francia, y también en Brasil y en España.

En poco más de 100 páginas su autor consiguió atraparnos con las andanzas y diabluras de un niño (sin nombre) en los confines de una tierra áspera, marcada por una naturaleza siempre amenazante, y condicionado por un entorno familiar donde la falta de ternura y comprensión constituyen igualmente peligros que ha de sortear. En una de sus reflexiones, el pequeño protagonista considera que “la indiferencia es la muerte verdadera”, pues “cuando uno se siente de nadie, la tristeza se mete en los huesos, hasta quebrarte el alma”. De su padre observa “su forma particular de enterrar las manos en los bolsillos, dónde escondía también toda caricia, el rostro agrietado por el sol, sin la más mínima mueca que le delatará el alma”, y cuyo carácter “siempre fue agrietado y hosco, cultivador de pocos amigos, parecido a la tierra”. Sobre su madre nos cuenta que “la pobre andaba demasiado ocupada en la vida de tantos hijos, como para pararse a escuchar a uno de ellos”. De modo que la historia discurre entre amargos desatinos, inquietantes personajes, sinsabores y situaciones propias del realismo mágico, del que Do Santos se declara heredero.

La literatura si es verdadera no puede quedarse en entretener o deleitarse en su forma, a pesar de que en este caso sea fascinante por su ritmo y su musicalidad, más cercana a la poesía que a la narrativa. Hay que leer la literatura como un modelo de vida, como un oráculo personal –que diría Ricardo Piglia–, que nos sirva como experiencia y para abordar acontecimientos importantes de nuestra vida. Y en este caso Do Santos ha firmado un alegato contra la incomunicación, especialmente entre padres e hijos, y resaltado el valor sanador que tiene el cariño y el perdón en nuestras vidas, así como la amistad, sea entre niños, mayores o entre ambos. Nos acerca entonces, de forma muy personal, a un torrente de imágenes alimentado con palabras que muestran debilidades (“el amor también tiene formas de cegarte y los ángeles cargan tantos defectos, que a veces les tapan las alas”), frustraciones (“desde que tengo memoria, la pasión sin aduanas, ha sido mi perdición”), o nostalgias (“un puñal desgarrando piel inesperada, debe causar el mismo dolor que ver a cuarenta años de recuerdos, convertirse de pronto en ceniza”), pero no las suyas o las del protagonista, sino las de cualquiera que sea capaz de desnudar sus sentimientos. Vida y escritura forman un todo único, que se encauzan en el proyecto del escritor para desembocar en las experiencias o sensaciones de quienes lo leemos.

El libro tiene además otra gran virtud y es su extensión. No le falta ni le sobra ninguna página. Para Rafael Chirbes la gran aportación de García Márquez a la literatura fueron sus novelas breves, en las que exhibía su manejo de la economía, más que sus «Cien años de soledad». Y yo, que siento especial predilección por las novelas cortas, creo que quien es capaz de contar una historia tan cautivadora en pocas páginas, lejos de ser una limitación, tiene un mérito añadido. Esta forma sincopada, y en ocasiones minusvalorada, se acerca más al cuento, y por tanto a la narrativa oral. De modo que cuando Do Santos se describe como un “militante de la memoria oral”, cuando recuerda que sus primeros libros fueron sus abuelos o cuando asegura que en el momento de escribir “vuelvo a ser el niño que se sentaba en la silla de paja a escuchar historias” no está inventando una bonita descripción de sus capacidades, destinada a encandilar a quienes le escuchan. Una lectura reposada de “El zambullidor” deja bien clara la impronta de la oralidad en sus páginas, de las narraciones escuchadas a la caída de la tarde o junto al fuego del hogar sobre personajes o situaciones extraordinarias, inciertas o sorprendentes.

Quizá en ello estriba la fuerza de un libro que ha cautivado a lectoras y lectores de latitudes tan distantes y diferentes, que se ha convertido en lectura de institutos, universidades e incluso centros penitenciarios, y que ha conseguido transformar a su autor de “trabajador de un comercio que escribía cuentos” a “escritor de novelas que trabaja en un comercio”, además de haber servido como puente de encuentro con su público (en varios países) y hacerle reflexionar sobre su propia obra.

Y si el valor sanador de la amistad figura igualmente entre los propósitos de este libro y de su autor, sirva como ejemplo la compañía y presencia de Gustavo Revetria, una mano amiga que realizó una serie de dibujos con los que no hay una relación de continuidad con la novela, sino de contigüidad, y de los que pudimos disfrutar durante el encuentro con Luis Do Santos en el Instituto Cervantes de París.

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