La nueva entrega de Ruido, la sección dedicada al género del cuento en Sujetos, presenta esta vez un relato de Alberto Mayor Casanova, profesor chileno de artes visuales y de cine. Su título es Flores secas y bien podría ser un spin-off de la contingencia política del último tiempo o el delirio de una ficción desatada y circular que ironiza con la idea de que la historia se repite.

Flores secas

Alberto Mayor C.

Era un día importante y Su Excelencia el presidente Plenipotenciario de la República (S.E.P.P.), el ultraconservador Juan Osvaldo Klähr, lo sabía. Luego del Tedeum Ecuménico y un inspirado mensaje de conmemoración por la independencia de Chile, el primer mandatario debía enfrentar a la prensa del mundo después de la movida semana posterior al golpe blando que él mismo había encabezado, en conjunto con su círculo de hierro y las fuerzas militares. La prensa internacional y los representantes de los gobiernos que aún mantenían relaciones políticas y comerciales con Chile, estaban ávidos de entender por qué luego de 18 meses tranquilos de gobierno, Klähr había decidido clausurar el Congreso y auto adjudicarse poderes extraordinarios, en un hiperpresidencialismo que concentraba en su figura los tres poderes del Estado, intervención directa en los principales medios de comunicación y un rol preponderante en las iglesias del país.

***

El relato era simple. A comienzos de septiembre la Convención Constituyente, conformada un año antes de que su gobierno asumiera por fuerzas progresistas de izquierda, entregó de manera oficial el texto final de la carta magna que debía ser votada como el nuevo pacto social que regiría el destino de los chilenos por los próximos 50 años. Esto a pesar de la mala prensa de El Mercurio, Radio Agricultura, Canal 13 y medios afines; el malintencionado intervencionismo que el Ejecutivo no se cansó de ejercer durante ese año y medio e, incluso, luego del incidente de un desquiciado pastor evangélico quien, propiciado -según él- por el espíritu santo, pretendiera truncar el cauce del proceso a sangre y fuego. Por suerte para las constituyentes Beatriz Salas, Catalina Schütte y Cecilia Araos, quienes fueron tomadas como rehenes por parte del sujeto, el francotirador apostado en los alrededores del (ex)congreso tuvo buena puntería y le voló los sesos a menos de un metro y medio de ellas. De todos modos, la polémica quedó instalada, justo antes de ser linchado el pastor había pedido un teléfono para transar una salida pactada del lugar, expresando según las constituyentes un profundo arrepentimiento por sus actos.

Quizás por aquella misma guerra declarada en contra del proceso, es que el proceso mismo se fue haciendo fuerte. Y contra todo pronóstico, ganando adeptos incluso entre los representantes del oficialismo. En cuanto al tejido social, luego de los continuos y, en ocasiones, absurdos ataques del gobierno, que incluso tachó de antipatriotas a los simpatizantes de la constituyente, el electorado terminó viendo con simpatía el texto definitivo, por lo que aprobarlo era un hecho según los sondeos internos de La Moneda. Por ello, luego de una reunión convocada y liderada por el mismo Klähr con un grupo de empresarios, militares y representantes de las iglesias, se concluyó que la única solución que existía para mantener la institucionalidad de la República era un autogolpe, para luego conferir poderes excepcionales y sin límite de tiempo al presidente en curso democráticamente electo. El mismo Klähr.

El día elegido para realizar los correspondientes movimientos coordinados por las tres ramas de las Fuerzas Armadas no podía ser otro: el 11 de septiembre. Como un infame déjà vu de violencia, aquel día Chile volvió a revivir los sangrientos hechos de 1973, y con la misma rapidez del 73, ya al mediodía un triunfante Klähr -vestido él y su esposa de un impecable color blanco- se asomó por uno de los balcones del Palacio de Gobierno proclamando de manera radiante su triunfo, o en sus palabras, el triunfo del espíritu de los chilenos bien nacidos. Frente a una fervorosa multitud que no paraba de corear su nombre, Klähr fue investido por su esposa Mercedes Aldunate, Primera dama de la nación y honorífica virgen carmelita de la República, algo extraño para una mujer con 7 hijos, pero aquel fue el nombre que ella misma se designó. En un discurso intenso, un exultante Juan Osvaldo Klähr no se cansó de repetir palabras como orden, limpieza, tradición, comunismo, terrorismo, enemigos de la patria y luego, de nuevo, orden, limpieza y tradición. En cuanto a la nueva Constitución, concentró una larga suma de epítetos en contra de ésta, para explicitar luego que era a causa de ella que el país había caído en esta actual trampa de división y odiosidad. Por ello, es que el proceso en su conjunto quedaba sin valor en el acto. No se iba a implementar ningún plebiscito de salida, y quienes se manifestaran por acción u omisión a favor de ésta serían considerados responsables de actos sediciosos en contra la patria, por lo tanto, perseguidos, detenidos y ajusticiados bajo ley marcial, arriesgando con ello pena de muerte.

En su primera misión, el servicio de inteligencia y nueva policía militar a cargo de la Presidencia allanó y destruyó todo el material requisado en las dependencias donde funcionó hasta aquel día la Convención. En cuanto a los constituyentes, se dio orden de que éstos fuesen detenidos y expuestos al escrutinio público en juicios militares abreviados transmitidos por televisión, donde debían responder si se arrepentían de haber conducido de manera dolosa al país al irrespirable clima de desencuentro y destrucción previo al pronunciamiento militar. Si la respuesta era no, o más bien, no era un sí, un pelotón de fusilamiento esperaría al constituyente la madrugada posterior al juicio para ajusticiarlo en el acto, siguiendo las directrices que indica la ley marcial en caso de alta traición a la patria.

Los integrantes del Partido Socialista, Frente Amplio, Partido Comunista y la amplia red de independientes de izquierda, apenas realizado el golpe tomaron sus recaudos y la gran mayoría ya había ingresado a la clandestinidad al momento en que la policía militar ingresó a sus residencias o a las de sus familiares requiriendo su presencia. En cambio, los representantes de la derecha en su conjunto, más algunos independientes y el único constituyente de la Democracia Cristiana, Farid Hassan, se mantenían tranquilos en sus casas, repitiendo a quien les consultara su carácter de continuistas respecto a la anterior carta magna dentro de la convención, e incluso manifestando que nunca los convenció mucho ese proceso. Expectantes, algo nerviosos, pero dando por hecho que a ellos no les caería la represión.

Pero se equivocaron. Los militares que integraban la mesa de gobierno -que en realidad eran quienes tomaban las decisiones al interior del nuevo régimen- insistieron en que los convencionales de derecha también debían ser considerados como activistas solícitos del carácter sedicioso propio de esta institución constituyente. La insistencia de éstos de apoyar una serie de drásticos recortes financieros a las instituciones militares -propiciados por los reiterados fraudes al fisco y faltas a la ética de casi todos los generales de la República y sus esposas- había molestado en la interna, pues obligaba a una serie de cambios en el mundo castrense, como por ejemplo: rendir cada peso entregado a la manutención del contingente militar directo a Contraloría, enfrentar tribunales civiles en el caso de comprobarse un desfalco y, lo que generaba mayor resistencia, readecuar el sistema de pensiones de los uniformados por uno similar al que se estableciera para el mundo civil. Situaciones que motivaron a unas indignadas Fuerzas Armadas exigir aplicar con severidad la ley marcial a integrantes de sectores políticos moderados y neoliberales.

Una señal y, a la vez, una vuelta de mano de la familia militar a todos quienes motivados por los vaivenes electorales los fueron dejando solos y a su suerte. Pues en el fondo, lo que en verdad los militares no le perdonaban a su contraparte civil, era el progresivo desmarque de éstos de la obra y valores del gobierno militar, sumado a su directa participación en el descredito que rodeaba a la figura del general Ernesto Picard como segundo libertador de la patria.

En los círculos castrenses se comentaba con molestia que muchos de los actuales timoneles de la política y el empresariado, olvidaron que su fortuna y poder no hubiesen sido posibles sin el apoyo de aquel selecto grupo de hombres y mujeres -héroes en su momento-, luego en democracia sindicados como salvajes torturadores y violadores de Derechos Humanos, en medio del silencio cómplice de quienes poco antes los felicitaban por un trabajo tan bien ejecutado. Militares humillados en público, ellos y sus familias, tratados como aberrantes monstruos, lacras, chacales y otros epítetos varios, que incluso esta misma derecha complementaba con nuevos adjetivos. “Los señores políticos no son confiables”, frase que Ernesto Picard gustaba repetir en sus años de mando, ese día sonó con fuerza en el Palacio de Gobierno. Día en que su espíritu se levantó de la tumba, visitó el lugar y cobró justicia a aquellos que traicionaron su figura y legado. La leve sonrisita que sus retratistas conferían a su rostro se resignificó esa noche de cuchillos afilados, proyectando temor ahora en aquellos que décadas atrás se sintieron seguros bajo su sombra.

Fue así como los días siguientes a ese 11 de septiembre, las noticias que coparon las radios y televisión locales se centraron en las detenciones de los convencionales de centro y derecha, acusados de cómplices pasivos que no tuvieron ni el interés ni la voluntad de detener ese descalabro llamado nueva Constitución. Algunos, como Ramiro López, Berenice Gómez y Pedro Hernández, fueron acusados de desestabilización del orden interno con una clara intención ideológica y condenados a la pena capital en un tiempo récord.

Ante ello el presidente Plenipotenciario salió a aclarar cuál sería su postura frente a esta situación. En un apresurado punto de prensa aclaró que se había decretado estado de guerra interno, por lo tanto, el proceder de los juzgados militares no estaba fuera de la ley. Respecto a la posibilidad cada vez más cierta de que sólo a su sector político se le aplique la pena de muerte (ya que el otro, el de izquierda, estaba inubicable), emitió una frase que se transformó en meme de forma inmediata: “Las sanciones que determine el tribunal militar serán respetadas incluso si un hijo mío fuera un prisionero”. La madrugada siguiente López, Gómez y Hernández fueron acribillados. Luego, uno por uno, Roberto Alvarado, Carina Halle, Alejandro Zapata y casi todos los demás convencionales de derecha (Jaime Araos por ejemplo estuvo inubicable) fueron detenidos en sus propias moradas, pasaron luego por el mero trámite en que se convirtió el juicio abreviado, su traslado al corredor de la muerte y posterior fusilamiento.

Ese mismo día 18, temprano en la mañana, fue el turno de la ejecución de tres de los convencionales del sector más conocidos por la opinión pública. El ya mencionado Farid Hassan, Maite Cuadrado y Tatiana Zamjanovic. Por un tema de protocolo, cada fusilamiento debía ejecutarse en el menor tiempo posible para así no exponer a un estrés innecesario al condenado. Por ello, se decidió que en ese mismo orden se haría entrar a los prisioneros, todos con la vista vendada y esposados de pies y manos, para luego ser ubicados en el lugar que les correspondía atendiendo a la cantidad de sacos con arena ubicado detrás de cada cual. A las 6 A.M. en punto ingresaron entonces a Hassan, Cuadrado y Zamjanovic.

Cada uno reflejaba un estado de ánimo distinto. Hassan se veía más o menos compuesto, todavía creía que las gestiones realizadas por su partido y la Democracia Cristiana internacional lo liberarían de ese fatal destino. Lo que no sabía era que la falange ya tenía lista una declaración de prensa a los medios internacionales, declarando a Hassan mártir de la democracia. Un ejemplo de convicción que el partido jamás dejaría olvidar y que redefiniría a una nueva Democracia Cristiana en términos electorales. Hassan era el sacrificio que necesitaban para resituar al partido en términos de popularidad.

La UDI en cambio aun no tomaba una postura clara respecto a qué acciones seguir. Ya se habían enterado de la purga que el ejército estaba realizando en contra de los sectores de derecha y en especial ellos como particular blanco de sus ataques. Hay mucho en juego, se apuró en proferir una nerviosa mesa directiva, por ello la postura definitiva sería definida en el tradicional congreso nacional del partido a fines de año. Ya enterada de esta movida, sintiéndose más sola que nunca, Maite Cuadrado daba lástima de tan sólo mirarla. Si no fuera por los dos conscriptos que la sostenían de cada brazo no hubiera podido llegar hasta el estrado que le correspondía. Entre profundos sollozos farfullaba inentendibles palabras para luego pedir clemencia. Nunca imagino vivir algo así y aunque al interior de la Constituyente promovió la imposibilidad de que un subalterno desobedezca a un superior cuando la orden contradiga la Declaración Universal de Derechos Humanos, rogaba de manera desesperada a los fusileros que no obedezcan las órdenes que habían recibido.

La última en entrar fue la Zamjanovic, quien aparentaba no tener ninguna conciencia de que en pocos minutos más enfrentaría a un batallón de fusilamiento. Tranquila, con un ajustado jeans y largas botas, avanzó con paso entrecortado pero firme hacia el lugar que sabía le correspondía, para luego levantar su rostro, erguirse estrechando cada músculo de su tonificado cuerpo y poner el pecho a las balas.

Minutos después entraron los fusileros y se dispusieron en el lugar que les correspondía. En concreto, el protocolo obligaba que los tres prisioneros debían recibir su tiro de gracia con no más de un minuto de diferencia. Un verdadero desafío logístico y de coordinación para aquel grupo de uniformados. Como reconocimiento por sus años de servicio, tanto a Hassan, Cuadrado y Zamjanovic se les dio la oportunidad de retirarse la venda de los ojos. Sólo Hassan y Zamjanovic aceptaron enfrentar a la muerte a ojos descubiertos.

Cuando el capitán del pelotón profirió la orden de apuntar al corazón de cada sentenciado, recién ahí Hassan reparó en lo inevitable del proceso. Se apoderó de él una sensación para la que no existe una única palabra; una mezcla de miedo, frustración, ira y resignación. Sólo contaba con un breve par de segundos para darle un sentido a aquel acto infame, profiriendo por último unas vehementes palabras finales. Intensos momentos en que una multitud de imágenes se agolparon en su cabeza, hasta que una se sobrepuso a las demás. Era la imagen de Cicerón y sus famosas palabras antes de ser asesinado. Pensaba rápido, no recordaba bien cómo era la frase, cómo diablos era, levantó la voz con fuerza: ¡Alto! Eehm… Eehhmm… Una bala ya había entrado por su pecho cuando por fin recordó las palabras justas de aquel político romano confrontando a sus verdugos momentos antes de morir.

En el caso de la Cuadrado, sus minutos finales fueron distintos a su comportamiento anterior. En vez de farfulleos y súplicas su estrategia varió en segundos a una suerte de negociación. Habló de mucho dinero y favores de todo tipo. Los soldados, primero indiferentes, atendieron luego a sus palabras y comenzaron a dudar respecto a la misión que se les había encomendado, mal que mal qué daño le había hecho esta mujer a nadie en su vida. En ese devenir estaban cuando el capitán dio la perentoria orden de disparar. Se miraron entre ellos un par de segundos, dudando, pero el capitán gritó más fuerte aún: ¡Disparen mierda o los mató yo a ustedes! Eso fue lo último que escuchó Maite Cuadrado.

El final de Tatiana Zamjanovic fue diferente. Confrontacional, ella misma pidió dar la orden al pelotón para que cumpliera su misión. Una vez vio venir el momento definitivo gritó con todas sus fuerzas: ¡Viva Chile conchadetumadre! Para luego caer impactada por una bala que atravesó el inmaculado bolsillo blanco de su blusa semiabierta, donde llevaba un par de magníficos copihues rojos que de a poco cayeron a un charco de sangre, que formaba un pequeño canal que entre las piedras se movía decidido buscando una salida en aquel páramo sin límites.

***

Un par de horas después, S.E.P.P. Juan Osvaldo Klähr se acomodaba en un sillón apostado en uno de los patios de La Moneda esperando a que la prensa ingresara al lugar. El proceso era lento, el día estaba resplandeciente y él de muy buen humor. De pronto reparó en una mariposa que se había posado en una manga de su elegante traje. Su mirada quedó fija en ella. Sus colores y formas eran hermosas, un extraño ejemplar que incluso se dejaba acariciar. De pronto la imagen gatilló una especie de epifanía, gracias a la cual comprendió de golpe que él mismo se veía representado en aquella mariposa. Pues primero, en su etapa larvaria, al igual que una oruga requirió triturar y tragar todo lo que le rodeara para crecer y hacerse fuerte, bueno y malo, y vaya que abundaba basura en el Chile de aquella época. Para luego, en su etapa adulta, extender sus alas gigantes por sobre ese mundo necesitado de belleza entre tanto rayado callejero, de limpieza entre tanto microbasural, de tranquilidad entre los destemplados gritos de cada marcha que desfilaba a lo largo del país.

Eso era él para Chile, las protectoras alas de una mariposa bajo las cuales el país retomaría su rumbo hacia el desarrollo, sin dejar de lado el respeto por todas aquellas tradiciones necesarias para afrontar el futuro. No estaba contento ni orgulloso por todo lo que había sucedido esa última semana, pero ahora que ya no enfrentaba ninguna resistencia al interior de su coalición, ni tampoco en la oposición, tenía el poder suficiente para redirigir a Chile hacia la gloriosa luz de los valores cristianos y la bonanza económica. Y en ese Valhalla el país residiría cien años. Mil años. Qué podría salir mal.

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